En ese entonces, mi pareja era hija de una bailarina de cabaret.
No puedo identificarme ni decirle el nombre de mi esposa, por razones que usted debe imaginarse. Le escribo desde una ciudad que se llama Ica, que está ubicada en el sur del Perú. Esto sucedió hace 20 años.
Mis padres tenían su buen dinero, producto de la agricultura que cultivaban y eran considerados en la región entre los más adinerados y yo y mis tres hermanos, una de ellas mujer, gozamos de una buena posición económica.
Lo que le quiero contar es que fui a una fiesta que me llevó un amigo que trabajaba en el cultivo, a quien yo le tenía confianza, porque era muy leal, bueno y sencillo. Me dijo que era cumpleaños de su enamorada. Así fue, llegamos a la reunión, una recepción bastante modesta, no como acostumbra mi familia, pero poco a poco comencé a sentirme cómodo y ver la reunión muy amena.
A veces las circunstancias de la vida, obligan a las mujeres a incursionar en diversas actividades, pero con el objetivo principal de salvar sus hogares, mantener a sus hijos y ofrecerles un mejor camino. Estas son las madres abnegadas con una estima personal que pasan al olvido la página difícil que les tocó vivir. Ahí tienes un ejemplo, te entregó a su hija que hoy es tu adoración. La vida tiene diversos giros en la sociedad. Te felicito por tu temple de cambiar el dinero por la felicidad. Tu amiga Susana.
Por esas cosas del destino, me gustó una chica muy guapa, sencilla y comenzamos a conversar y bailamos varias piezas iniciando una buena amistad. Me gustó su sinceridad y la forma tan transparente que me resumió las conversaciones que tocábamos. Era bonita, de buen cuerpo, pero sobre todo me encantó su manera de ser.
En un alto de la fiesta mi amigo con quien había ido, me confesó algo que no esperaba. Me dijo que esa chica era hija de una bailarina de cabaret y era muy conocida por todo el departamento de Ica.
En un comienzo me chocó un poco, porque temía que iba a ser señalado por la gente y por mi familia, el por qué tenía que casarme con una chica así.
Pero el tiempo fue pasando y de amigos pasamos a ser enamorados, luego novios y por mutuo acuerdo entre yo y ella, decidimos casarnos, contra todo lo que podría hablar la gente envidiosa que le gusta enterarse de la vida ajena.
Desde luego que mis padres y familiares no estuvieron de acuerdo, pero yo ya me sentía enamorado de esa chica y no me importaba que sea hija de una cabaretera.
Además, mi suegra ya estaba por retirarse de esa actividad y se sentía contenta por nuestra unión.
La gente envidiosa señalaba a mi futura esposa como la «hija de la bailarina», pero no me importaba nada, sólo presentía que iba a ser una buena esposa.
Y así fue, ya pasado el tiempo, tenemos tres hijos. El mayorcito que tiene 15 años, la segunda que cuenta con 11 y la tercera que tiene 7, quienes son mi adoración, son muy bonitos y mi esposa me resultó muy buena, la perfecta esposa que todo hombre quiere tener a su lado… Mi suegra ya está retirada de esa actividad y ahora es la perfecta abuela, quiere mucho a mis hijos, vivimos muy felices. Quizá este testimonio pueda echar por los suelos tantos prejuicios y servir como ejemplo.
Qué le parece, mi estimada doctora Susana.