" /> La basílica romana de San Pablo desvela los restos de su pasado amurallado

Fuente: EFE
07/12/2018

Ciudad del Vaticano, 12 jul (EFE).- En los aledaños de la gran basílica romana de San Pablo Extramuros surgió en la Edad Media una auténtica ciudad amurallada para proteger el lugar, cuyos restos "únicos" pueden ahora apreciarse en un nuevo recorrido expositivo.

La imponente basílica, una de las cuatro papales y propiedad extraterritorial del Vaticano, comenzó a construirse donde se cree que fue sepultado el apóstol San Pablo, después de que el emperador Constantino promulgara el fin de la persecución cristiana en el 313.

En un primer momento se erigió un pequeño templo de tres naves pero, con el paso del tiempo y ante el incesante aumento de los peregrinos, se levantó una enorme basílica patriarcal, embellecida y ampliada después por los distintos papas a lo largo de la historia.

Se alza, imponente, en la vía Ostiense, entonces una vasta necrópolis a las afueras de Roma, pero ya entre el siglo VIII y el X a los pies del templo se empezaron a construir edificios, todos dentro de unas murallas contra posibles ataques sarracenos.

En concreto las inmediaciones de la basílica fueron fortificadas por orden del papa Juan VIII y la ciudadela, conocida desde entonces como "Iohannipolis", permaneció así hasta el siglo XIV, cuando un terremoto echó abajo los muros, hoy completamente desaparecidos.

Esta área arqueológica, de alto interés histórico, fue sacada a la luz en 2007 y ahora puede apreciarse con unas modernas instalaciones con paneles, esquemas cronológicos, una iluminación precisa y un recorrido elevado en metacrilato sobre las ruinas.

La profesora de topografía cristiana, Lucrezia Spera, que ha trabajado en la exposición, explicó a Efe que "finalmente abre al público en un modo más claro" una zona que detalla "los complejos asentamientos que se formaron en torno a los grandes santuarios".

Permite al visitante imaginar la vida entre aquellos muros, los huertos de los frailes, el tránsito de los peregrinos o la vida en un auténtico burgo enclavado en los suburbios de la Ciudad Eterna.

Precisamente la importancia de este yacimiento reside en que es "único" pues, a pesar de que estas urbanizaciones se dieron alrededor de otros templos de la ciudad como San Pedro del Vaticano o San Lorenzo, estas acabaron desapareciendo.

"Son evidencias que permiten tocar lo que se conocía solo por las fuentes históricas", celebró la experta.

Así puede constarse la transformación de la enorme necrópolis en toda una ciudad amurallada en torno a la tumba del apóstol de los gentiles: "Los antiguos lugares de sepultura se convirtieron en un lugar de casas y de actividad que normalmente se hacían en la ciudad. Fue un fenómeno extraordinario", subrayó Spera.

En el lugar se aprecia el basamento de las columnas que formaron parte de un corredor cubierto de 2 kilómetros que unía el templo con la puerta de la ciudad, para facilitar la llegada de los peregrinos que en el siglo VIII visitaban el sepulcro de san Pablo de Tarso.

También constan los restos del monasterio que el papa Gregorio II (715-731) mandó levantar para unificar el femenino de San Estéfano y el masculino de San Cesáreo, así como otras construcciones urbanas como un pozo y objetos cotidianos, presumiblemente del convento.

En el lugar también puede apreciarse la que con toda seguridad es su construcción más antigua, la esquina de un edificio de ladrillos que corresponde a una de las "casas de pobres" (pauperus habitacula) que el papa Símaco mandó construir en el remoto siglo V.

Así como una torreta cuadrangular que podría corresponder a uno de los campanarios con los que se convocaba a los frailes, uno de los pocos ejemplos de estos edificios en la ciudad, pues por su pequeño tamaño no podía responder a funciones defensivas.

En el espacio hay incluso una tubería en plomo que ha sobrevivido al tiempo y en la que aún puede leerse una inscripción en latín que no deja lugar a dudas de su ubicación: "Pertenencia de San Pablo".

De este modo la basílica recupera una parte importante de su hoy extinto pasado fortificado, que cayó en declive entre el siglo XI y el XV, con graves carencias de manutención, y finalmente abandonado por su insalubridad, dadas las continuas inundaciones del río Tíber.

De hecho la zona, según se explica, acabó siendo empleada para el cultivo y la ganadería, estabulando las bestias en aquellos muros que tantos peregrinos y romanos habitaron en el pasado.

En el proyecto de examen, conservación, restauración y exposición han colaborado los Museos Vaticanos, el Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, la Universidad de La Sapienza y la abadía de San Pablo Extramuros.


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