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Fuente: EFE
02/08/2020

Montevideo, 8 feb (EFE).- La Agencia Efe difunde el artículo de Mario Benedetti "Circo a la antigua", que fue publicado por el periódico uruguayo La Mañana el 10 de enero de 1965.

Este es el sexto artículo del escritor uruguayo que publica Efe, por cesión de la Fundación Benedetti, y al que seguirán otros, el segundo sábado de cada mes, hasta septiembre de 2020, cuando se cumplirá el centenario de su nacimiento.

Esta serie pretende homenajear la faceta periodística del poeta y novelista de Paso de los Toros (1920-2009), una de las menos conocidas de su trayectoria creadora.

"Circo a la antigua"

Mario Benedetti

Gran Circo Real Palacios, instalado en la carpa de Galicia y Rio Branco. Espectáculo inaugurado el viernes 8, con la participación de Los Astor, Cuerdas Indianas, los Ortaly, Troupe Alakhem, Los Crales (+), Trío Osmadrian, Charles de la Font, Rolischuck Schwester, Ariman, etc.

Si se lo compara con otros circos llegados a Montevideo en los últimos veranos, el Real Palacios parece una empresa considerablemente más modesta. Desde la orquesta de imperturbable desafinación hasta la escasez de animales amaestrados (solo comparece una elefanta); desde la doméstica organización del espectáculo, hasta la chambona ingenuidad de algunos números; el Real Palacios no justifica la condición de Gran Circo a que aspira su nombre. Sin embargo hay que reconocer que, ya no como Gran Circo sino como circo liso y llano, está más cerca de la tradición, e incluso del mito, inherente al género, que otros conjuntos más espectaculares, más afines con el "music hall".

No importa que hayan existido dos formidables excepciones llamadas Sarrasini y Hagenbeck (ambos visitaron Montevideo hace aproximadamente treinta años). La verdad es que el circo, el viejo circo sucesivamente mitificado por Andreiev, Chaplin, Picasso, Bergman, Fellini o Gardel, tiene siempre algo de melancólica penuria, algo de patético desvalimiento. Antes que brillo y confort, el circo es riesgo trashumante, auténtica hambre de aplausos (ningún intérprete de teatro, cine o televisión arriesga noche a noche romperse la crisma para merecer su ráfaga de aplausos), y siempre el provisoriato, la transitoriedad, el dudoso y portátil futuro. El circo está en las antípodas de la estabilidad burocrática, y quizá por eso nos guste tanto a los uruguayos. Para nuestro temperamento, tan firmemente atornillado a la silla presupuestal, estos curiosos nómades espontáneos, estos fanáticos de lo precario, son algo así como inalcanzables y campantes paradigmas.

Pues bien, el Real Palacios es uno de esos circos que encajan perfectamente en el molde legendario. Una orquesta circense que se precie de tal, debe desafinar. Juro sobre la Biblia que estos músicos cumplen religiosamente con el precepto. Pero no es lícito reprochárselo, ya que la desafinación, el desencuentro, forman parte de la palabra circo. La ley del juego es allí anunciarlo todo a grandes voces, y con muchas mayúsculas, aunque la realidad quede después inerme y mostrenca al pie de los pregones. El público está también en el secreto y sabe que, cuando le anuncian la actuación del Más Grande Artista del Mundo, debe ser recatado en su expectativa.

Ahora bien, un circo también debe cumplir con normas mínimas. Su espectador está buenamente dispuesto a tolerar, a aburrirse y hasta aplaudir para paliar su aburrimiento, pero en cambio exige, y con razón, dos o tres números fuertes, en los que el batir palmas sea por fin una ostentación de sinceridad. El Real Palacios cumple con esa condición. En definitiva, no importa que los malabaristas tiren al suelo algunas clavas, o que los rostros (especialmente los femeninos) se repitan, o que algún plato perezoso se canse de girar y, en acto de protesta, se fracture. Todo se olvida cuando aparecen los números básicos, esa espina dorsal del espectáculo. En primer término, los excéntricos (Los Charles (+), argentinos según el programa), evidentemente lo mejor del programa. Su estilo recuerda a veces a los hermanos Marx y casi siempre deja traslucir esa manera de comicidad, gloriosamente absurda, que ha sido prestigiada por varias generaciones de artistas británicas. Un mexicano, con cara de indiecito, que una vez aparece como Charles de Font y otra vez como Ariman, hace milagrosos equilibrios sobre un alambre a gran altura, y algo más creíbles contorsiones (aunque, de todos modos, bastante incómodas) sobre una mesa. Una familia de patinadores alemanes, que incluye una rubiecita de siete u ocho años, cumplen, también sobre una mesa, su obligación de vértigo con asombrosa precisión. La Troupe Alakhem, de aspecto menos arábigo de lo que anuncia el programa, pone un dinamismo casi delirante en sus muestras de acrobacia saltarina. Por último, la bienhumorada, comilona y despierta Elefanta Indiana demuestra que tiene bien aprendida la lección; virtualmente no precisa que su partenaire Willy Castle emplee argumentos más decisivos que el convincente terrón de azúcar, para cumplir con displicente agilidad sus acrobacias acompañadas de armónica, y trompeteos al natural. Para culminar su actuación, juega un fútbol de estilo recio, y ejecuta algunos tiros libres con una potencia y una precisión que ya quisiera la delantera de Nacional.

(+) Con esa diferente grafía aparece publicado en el libro "Notas perdidas", donde se recopilaron buena parte de sus artículos. Todo parece indicar que la correcta sería Los Charles.


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