Fuente: EFE
10/23/2018

María Sevillano

Monte Gerizim (Cisjordania), 23 oct (EFE).- Poco antes de salir el sol resuenan en el Monte Gerizim (Nablus) oraciones en hebreo arcaico de los samaritanos, que avanzan entre rezos y ataviados de blanco hacia la cima de la sagrada colina para celebrar la festividad del Sucot.

Un grupo de hombres y niños rompe el silencio de las colinas del territorio ocupado de Cisjordania desde la sinagoga de Kiryat Luza, donde se congregaban para iniciar la fiesta de Sucot (cabañas) o los Tabernáculos que se extenderá durante los próximos siete días y concluirá en el octavo con un nuevo ciclo de la lectura de la Torá (Pentateuco).

Los samaritanos o "guardianes de la ley" se consideran la religión "más genuina como hijos de Israel" y se remontan a las creencias antes del Cautiverio babilonio cuando, según la Biblia, los israelitas fueron exiliados a Mesopotamia en el siglo VI a.C., y viven como una minoría en Cisjordania con relaciones cordiales tanto con palestinos como con israelíes.

Estos últimos se reservan el control de acceso al Monte en esta zona ocupada, donde abundan los asentamientos judíos contrarios al derecho internacional, y donde hoy era visible una patrulla de soldados israelíes.

"Sucot (que fue celebrado por el judaísmo hace un mes) es cuando el pueblo de Israel escapó del faraón en Egipto y llegaron a la ciudad de Al Arish (norte del Sinaí). Allí estuvieron en "sucot" o bajo palmeras" para resguardarse "del cálido día y la fría noche", explica a Efe Barak, uno de los primeros en llegar a la cima para rememorar el episodio bíblico.

Sentado en una silla para amenizar la espera, el samaritano de la ciudad palestina de Nablus cuenta que en la ceremonia visten túnicas blancas "para ser todos iguales", usan sombreros o tocados que cubran sus cabezas y rezan oraciones "especiales" para la ocasión, que termina donde dicen que Abraham expresó su voluntad de sacrificar a su hijo Isaac para probar su lealtad a dios.

"Este es nuestro lugar sagrado", afirma con devoción y señala que la montaña es mencionada hasta en doce ocasiones con varios nombres en los textos sagrados, pero "no hay Jerusalén en la Torá", destacando una de las principales creencias que les diferencia del judaísmo, que contempla al Monte Sión de la ciudad santa como el lugar elegido para adorar a Dios, y no éste.

Barak saluda a Benyamim Tsedaka, conocido por todos como "Benny", editor del periódico de la comunidad en la que afirma que su familia se remonta a 125 generaciones y uno de los tantos que han viajado durante la noche desde Holón, en el sur de Tel Aviv, donde viven unos 600 samaritanos o "guardianes de la ley".

"Digamos que la gran mayoría de la comunidad. Pero estamos todos (entre Cisjordania e Israel) juntos, unos 820. Es un gran número, en comparación con los 141 que fuimos en 1990", rememora a Efe sobre un momento en el que esta minoría religiosa, una de las más pequeñas de Oriente Medio, estuvo a punto de desaparecer.

Como medida de emergencia para evitar el matrimonio entre familiares y aumentar la población, el sumo sacerdote aceptó hace años el primer matrimonio entre hombres de la comunidad y varias mujeres ucranianas con la condición de que ellas se convirtieran al judaísmo.

"Trabajan sobre ello toda la noche. Especialmente él", bromea Benny y apunta a Barak, padre de tres hijas.

Esta cifra de tres "significa mucho futuro para nosotros", enfatiza Benny y, de nuevo bromeando, augura que Barak será "el rey de la comunidad" en 20 años, a lo que éste responde "Bevakasha" (gracias) e "Inshallah" (si dios quiere), en una mezcla de hebreo y árabe, las dos lenguas vernáculas del grupo y otra de las particularidades que evidencia su singularidad.

Benny concluye la charla y se dispone a unirse a la columna de más de cien hombres, a la que poco a poco se suman algunas mujeres vestidas en colores oscuros, que asciende por la colina rodeando al sumo sacerdote y al líder religioso que porta los rollos dorados de la Torá, mientras aumenta la intensidad de los rezos, repetidos en un canto casi hipnótico.

Al romper el alba, la escena gana claridad y las escrituras metálicas son ondeadas y elevadas al cielo, relucientes bajo los primeros rayos de sol que acompañan el resto del acto que incluye genuflexiones vistas en el islam, charlas entre viejos conocidos y el júbilo de cumplir, una vez más, con una tradición que se remonta a más de 3000 años atrás en Tierra Santa.


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