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Cultura

Mariposas amarillas vuelan de México a Budapest de la mano del colombiano Joaquín Restrepo

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El escultor colombiano Joaquín Restrepo, posa este viernes (ayer), al termino de una entrevista con EFE, en la Ciudad de México (México). EFE/Gustavo Borges

Ciudad de México, 7 feb (EFE).- Como una manera de abrazar a su compatriota Gabriel García Márquez, el escultor colombiano Joaquín Restrepo ha puesto a volar de México a Budapest mariposas amarillas, uno de los símbolos de la obra del autor de ‘Cien años de soledad’.

“Me buscaron para hacer un busto del Gabo en el parque con su nombre en la capital húngara, pero yo propuse crear algo relacionado con el maestro y también con mi obra; entonces, hicimos tres esculturas en triángulo; una mira al Danubio, las otras le dan la espalda”, explicó Restrepo en entrevista con EFE.

Hechas en Xochimilco, no lejos de donde fue escrita la obra más grande del colombiano, las figuras de 21 mariposas de bronce rinden homenaje al más importante novelista colombiano, premio Nobel de literatura de 1982, en una ciudad que a cada rato renace, como muchos de los personajes de los libros de García Márquez.

“No conocí al maestro, pero guardo su autobiografía ‘Vivir para contarla’, dedicada para mí. Budapest es una ciudad tomada muchas veces”, explica al referirse a la urbe, de la cual el Gabo escribió después de visitarla.

En ‘Cien años de soledad’, las mariposas amarillas preceden la aparición del aprendiz de mecánico Mauricio Babilonia, un hombre con olor a aceite de motor, que encanta a Meme, mujer de la quinta generación de los Buendía. Para sus lectores, las mariposas son un símbolo de la escritura del fabulador y hasta canciones se han escrito sobre ellas.

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Un nómada bajo el sol

El escultor colombiano Joaquín Restrepo, posa este viernes (ayer), al termino de una entrevista con EFE, en la Ciudad de México (México). EFE/Gustavo Borges

Del otro lado de los artistas bohemios, desvelados, necesitados de alcohol o drogas para trabajar, Restrepo es un nómada bajo el sol.

 Solo es creativo de día; viaja varias veces al mes, se acuesta temprano, hace ejercicios y más que de las musas, confía en su niño interior.

“La conexión con el niño chiquito sí la tengo, se mantiene muy vivo. De hecho, con mi terapeuta hicimos hace poco un viaje a mi niñez y no lo encontraba en el pasado porque ese niño lo llevo conmigo”, dice.

La mirada, a veces infantil, del artista genera empatía, lo cual se refleja en estos días en su exposición en Campeche, con varias esculturas relacionadas con los encuentros y desencuentros, una de las temáticas en la obra del antioqueño.

“La expo trata de los encuentros y desencuentros que podemos tener con el otro, pero que también podemos tener con nosotros mismos”, detalla.

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El trabajo de Restrepo se pregunta qué somos los humanos si nos quitamos el ropaje; qué somos sin los títulos universitarios o los egos, algo vigente en las esculturas que hoy están en México y antes recorrieron otros lugares del país, como parte de un proyecto con el Centro Nacional de las Artes.

“Siempre es un regalo exponer en México, un país cercano. De su capital me gusta el color, el olor, caminar por sus calles, el Bosque de Chapultepec, el museo de antropología y el Soumaya, con una colección de obras mal puestas, pero con más joyas de (Auguste)  Rodín que en París”, confiesa.

Lejos de la perfección

Restrepo admira el genio de Miguel Ángel, pero prefiere a Giotto porque es imperfecto, a veces torpe y por lo tanto más humano y cercano.

“Soy el tipo de persona que le gusta repetir experiencias, con personas, de regreso a las mismas ciudades. Me tomo en serio los llamados de la vida, no escojo ir a una ciudad, más bien la ciudad me llama y entonces voy. El exceso de curiosidad, es lo que nos lleva ser artistas; somos niños que nunca crecemos”, reflexiona.

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Crear belleza es el atajo del colombiano para acallar su ego, para escapar del mundo de hoy, carente de líderes. Reconoce que, como casi todos, a veces se regodea en sus pensamientos, pero cuando logra minimizarlo es como un atleta que levanta las manos en señal de triunfo.

“Si puedo callar la mente es magnífico. Cuando uno piensa, empieza a llover, hay tormenta. Si uno se calma, la lluvia para y cantan los pajaritos”, concluye.

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