Internacionales
Razones de una posible tercera guerra mundial
Poco después de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022, escribí una columna bajo el título: “Así es como comienza la Tercera Guerra Mundial”. Más de cuatro años después, me pregunto cuánto acerté.
Mi argumento se basaba en los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, que no comenzó simplemente con la invasión alemana de Polonia, el 1° de septiembre de 1939. Más bien, fue una acumulación de guerras regionales y crisis, iniciada con la invasión japonesa de Manchuria, en 1931, que poco a poco se transformó en un único conflicto global.
Esa convergencia, favorecida por las ambiciones comunes de los Estados totalitarios y por las divisiones y vacilaciones de las democracias, condujo a la catástrofe. A ello se sumó una revolución en la tecnología y las tácticas militares que dio a las dictaduras una ventaja inicial en el combate ofensivo.
En 2022 vi desarrollarse un patrón similar. Décadas de apaciguamiento occidental hacia Vladimir Putin le habían dado al líder ruso la sensación de que podía salirse con la suya casi en cualquier situación. Sus crecientes vínculos con Corea del Norte, Irán y especialmente China, reforzaron esa confianza. También influyó la imagen de debilidad estadounidense durante la caótica retirada de Afganistán apenas seis meses antes.
Pero Ucrania no resultó ser, como yo temía, la Francia de 1940. Se pareció más al Reino Unido, dispuesto a luchar, como dijo Winston Churchill en mayo de aquel año, “sin importar cuán largo y duro pueda ser el camino”.
Esa es la buena noticia. Hay muchas más malas noticias.
Primero, al igual que en las décadas de 1930 y 1940, los escenarios de conflicto se han multiplicado y están convergiendo.
Los reveses de Rusia en el campo de batalla parecen no haber reducido en nada el apetito de Putin por el riesgo, mientras amplía su campaña, mediante ataques y amenazas apenas disimulados, contra Moldavia, Polonia y Alemania, entre otros países. Al mismo tiempo, sus aliados políticos reclaman reiteradamente ataques directos contra Europa y el uso de armas nucleares contra Ucrania.
El ataque de Hamas contra Israel en 2023 se convirtió, por etapas, en una guerra entre Israel y Hezbollah, los hutíes e Irán, y luego en una guerra entre Irán, Estados Unidos y los países del Golfo. Más recientemente, Ucrania llevó a cabo ataques de largo alcance en el mar Caspio para interrumpir el suministro de material militar iraní a Rusia. Y las decisiones tomadas en un escenario afectan directamente los resultados en otro: el gasto de interceptores de misiles en Medio Oriente significa que ahora quedan pocos disponibles para Ucrania.
Segundo, el Eje de los Autoritarios se ha convertido en una alianza militar plenamente operativa.
Rusia está ayudando a Corea del Norte a modernizar sus Fuerzas Armadas, mientras Pyongyang le devolvió el favor enviando millones de proyectiles de artillería y ahora, según los informes, estaría dispuesto a enviar miles de soldados adicionales para combatir por Rusia en Ucrania.
China suministra a Rusia la mayoría de los componentes electrónicos utilizados en sus drones y otros equipos militares. Rusia le ha proporcionado a Irán información crítica de inteligencia sobre objetivos para atacar bases y buques estadounidenses en Medio Oriente. Tercero, Occidente es un desastre. El presidente Donald Trump se queja de la debilidad de nuestros aliados. Los aliados se quejan del hostigamiento, la arbitrariedad, la inmadurez, las mentiras y la incompetencia de Trump. Ambos tienen razón.
La última ofensiva arancelaria de Estados Unidos contra Canadá es un buen ejemplo: políticamente desacertada, económicamente contraproducente y estratégicamente debilitante.
Sin embargo, nada de eso borra el hecho de que Canadá, un país dependiente del comercio y con la costa más extensa del mundo, apenas tiene una Armada digna de ese nombre. Tampoco que la “nueva asociación estratégica” de su gobierno con China sea inmoral, imprudente y poco sólida.
Cuarto, estamos militarmente mal preparados.
La guerra contra Irán reveló no solo las carencias de municiones, que contribuyeron a poner fin prematuramente al conflicto, sino también la aguda sensibilidad de Estados Unidos frente a las bajas militares y al costo económico. Eso les dio a los líderes iraníes una ventaja asimétrica, dada su propia tolerancia al sufrimiento humano.
La guerra en Ucrania ha demostrado que incluso el equipamiento militar estadounidense más sofisticado está entrando en la obsolescencia debido a la llegada de la guerra con drones asistidos por inteligencia artificial. Los tanques que Estados Unidos y sus aliados suministraron a Kiev durante la administración Biden “ahora permanecen en su mayoría inactivos, ocultos en bosques y acumulando telarañas”, según informó esta semana The New York Times.
Las dificultades del Lincoln durante su prolongado despliegue son un escándalo nacional. Pero deberían llamar la atención sobre el tamaño históricamente reducido de la flota y sobre nuestra debilitada base industrial, que tiene dificultades para construir y mantener buques.
Quinto, podemos estar cerca del precipicio económico.
Una gran diferencia entre la década de 1930 y el presente es que, a diferencia de entonces, no estamos atravesando una depresión mundial. Pero las señales de una desaceleración fuerte y abrupta están por todas partes.
¿Qué ocurrirá si, o cuando, el boom de la IA comience a perder fuerza, como ocurrió con el boom de las puntocom a comienzos de siglo? ¿O si la crisis cambiaria de Japón hace que el país comience a vender sus bonos del Tesoro estadounidense?
Stanley Druckenmiller, legendario inversor, advirtió recientemente en The Wall Street Journal que las recompras de bonos del Tesoro estaban prácticamente destinadas al fracaso. En última instancia, el precio de una deuda nacional de 40 billones de dólares se sentirá a través de tasas de interés mucho más altas y de los riesgos que estas representan para todos los sectores de la economía que durante demasiado tiempo dependieron del crédito barato.
Una profunda recesión estadounidense, o un pánico financiero global, inevitablemente agravaría todas las tendencias mencionadas. En períodos de dificultades económicas, las democracias casi siempre se vuelven más reacias al riesgo, mientras que las dictaduras se vuelven más propensas a asumirlo.
Es un patrón histórico que vale la pena recordar mientras seguimos avanzando, con apenas una vaga conciencia de lo que ocurre, hacia una tormenta perfecta.
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