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Crimen y Justicia

La escalada bélica en Irán: una “bomba de relojería ecológica”

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El humo se eleva tras un ataque aéreo en el centro de Teherán (Irán), este martes. EFE/ Abedin Taherkenareh

Raúl Gómez

Madrid, 14 mar (EFE).- Dos semanas después del inicio de la escalada bélica en Irán, las consecuencias medioambientales ya son palpables en la zona del golfo Pérsico, un territorio de por sí expuesto a condiciones naturales extremas y a presiones humanas que se ha convertido en una “bomba de relojería ecológica”.

El pasado 8 de marzo, una nube tóxica se cernía sobre el cielo de Teherán; la capital iraní amanecía bajo una lluvia ácida provocada por los incendios en instalaciones petroleras fruto de los bombardeos de Israel y EE.UU. contra la República Islámica.

Según un análisis del Observatorio de Conflictos y Medioambiente (CEOBS), los ataques contra las infraestructuras iraníes causarán “daños duraderos” en “áreas geográficas extensas” en forma de contaminación del suelo y del agua, además de emisiones de gases de efecto invernadero.

Su reciente informe ‘Lluvia Negra’ precisa que estos tóxicos ya están entrando en los sistemas de drenaje y acumulándose en carreteras y tejados, pero también en suelos y cultivos, por lo que se convertirán en “una fuente de exposición secundaria cuando el viento origine tormentas de polvo”.

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El sensible estrecho de Ormuz

Paralelamente, el estrecho de Ormuz -vía estratégica por la que circula el 20 % del petróleo y el gas mundiales- se ha convertido en uno de los puntos más peligrosos del planeta, con decenas de buques petroleros varados y expuestos a los continuos ataques, con las consecuencias “catastróficas” que ello tendría para “los ecosistemas únicos” de la zona, advierte a EFE el director de programas de Greenpeace y especialista en ecología humana y población, Javier Raboso.

“El estrecho de Ormuz es actualmente una bomba de relojería ecológica en la que se han llegado a acumular casi 90 petroleros que transportaban más de 18.000 millones de litros de petróleo”, una cifra que aquilata el riesgo en un punto que además de ser un importante enclave comercial posee un papel fundamental para el intercambio de aguas y nutrientes” y como “ruta migratoria para los mamíferos marinos”.

A partir de un ‘software’ del Instituto Meteorológico Noruego, Greenpeace Alemania ha elaborado un mapa abierto y a tiempo real de los barcos cargados de combustible varados en el estrecho, indicando además qué zonas naturales del golfo se verían afectadas por un posible derrame de petróleo.

Los conflictos armados, lamenta Raboso, no sólo constituyen “un ataque contra la vida humana” sino “contra la vida en todas sus expresiones”, con un impacto directo e indirecto en las poblaciones, su medio de vida y la Naturaleza en general.

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Huella ecológica sin supervisión

El coste ambiental de los conflictos armados es patente, pero desde Greenpeace puntualizan que “hay que hablar de un impacto transversal a todos los conflictos: la contribución a la crisis climática de los ejércitos, incluso en tiempos de paz”.

Las emisiones militares de CO2 fueron explícitamente excluidas del Protocolo de Kioto de 1992 debido a su carácter estratégico y de seguridad y, aunque en el Acuerdo de París de 2015 se invitó a los países a reportarlas de manera opcional, solo un puñado de Estados lo ha hecho y parcialmente.

Al no existir datos fiables ni homogéneos, los investigadores recurren a estimaciones indirectas basadas en variables como el gasto militar, el número de efectivos o el consumo de combustible de los ejércitos de cada país.

El informe ‘Sobre el Problema de la Evaluación de las Emisiones Militares de GEI’, publicado el pasado mes de febrero por el Centro Celàs de Estudios por la Paz, estima que la contribución de los ejércitos a la crisis climática oscila entre un 0,5 % y un 1,3 %.

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El documento recuerda que en 2021 las emisiones directas del Departamento de Defensa de EE.UU. (hoy, de Guerra) representaron el 76 % de todas las emisiones del gobierno federal estadounidense, al ser su ejército uno de los principales consumidores de combustibles fósiles del planeta.

Los hechos muestran que, mientras el mundo intenta reducir sus emisiones, uno de los sectores más contaminantes apenas está obligado a rendir cuentas climáticas, lo que Raboso resume afirmando que “cada euro que se gasta en aumentar el gasto militar es un euro que se pierde en la lucha contra un enemigo que es global: el cambio climático”.

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