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Fuente: EFE
12/14/2019

Montevideo, 14 dic (EFE).- La Agencia Efe difunde el artículo de Mario Benedetti "Escritores de filo único y de doble filo", que fue publicado por el periódico uruguayo La Mañana el 22 de septiembre de 1963 bajo el título original de "Ideas y actitudes en el tenso y urgido presente de las letras latinoamericanas".

Este es el cuarto artículo del escritor uruguayo que publica Efe, por cesión de la Fundación Benedetti, y al que seguirán otros, el segundo sábado de cada mes, hasta septiembre de 2020, en que se cumplirá el centenario de su nacimiento y que pretende homenajear su faceta periodística, una de las menos conocidas de su trayectoria creadora.

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Mario Benedetti

En el proceso cultural de América Latina siempre ha habido escritores de un filo único y escritores de doble filo. A los primeros, se les acepta o se los rechaza en su integridad, en su macicez, en su inconmovilidad; pero los segundos, que suelen aportar su personal cuota de dudas, de esclarecimientos, de cateos en profundidad a veces son presas fáciles del malentendido. No precisa apartarse de sus citas textuales para hacerlos incurrir en reales o aparentes contradicciones, para hacerlos defender o atacar póstumamente cualquier infundio del presente hipócrita. Su exceso de honestidad constituye, paradojalmente, una tentación para los deshonestos. En una carta que, en 1900, escribió José Enrique Rodó a Miguel de Unamuno, decía el uruguayo: "Luchamos por poner en circulación ideas".

Hasta hace pocos años, la mayor parte de los escritores latinoamericanos se limitaban a eso: a poner ideas en circulación. Pero el rumbo de esas ideas no quedaba asegurado, ni su sentido esencial estaba necesariamente defendido contra el proxenetismo cultural que muy pronto iba a vivir de ellas, a utilizarlas como decoraciones de sus énfasis, de sus falsos pudores. Eran ideas que iban a circular inermes, desamparadas, frente al inminente malentendido.

Esos ojos abiertos

Hoy el panorama no es el mismo. El muestrario de frases de Martí, Hostos, Mariátegui y aun de Rodó, citadas desde todas las tiendas, a menudo alevosa y fragmentariamente, ha enseñado algo a nuestros escritores, quienes ya no caen en la ingenuidad de poner ideas inermes en circulación. Sus pensamientos salen ahora armados hasta los dientes, dispuestos a defenderse del malentendido, de las falsas y momentáneas alianzas, del parasitismo. De algún modo, esta nueva actitud ha traído un cambio en las relaciones del escritor con su medio social. Ahora que las ideas salen con un rumbo determinado, con un sentido palmario, el medio tiene mejores ocasiones de calibrar la conducta del escritor. En otras palabras, el medio se siente con derecho a pedirle cuenta de sus promesas, de su lucidez, de sus mensajes. El escritor latinoamericano sabe ahora que si sus ensayos, o sus ficciones, o sus poemas, sirven para que la gente abra los ojos, esos ojos abiertos lo mirarán a él en primer término. Ya no es más un ensimismado que escribe para colegas. El hombre corriente, ese lector promedio que antes era poco más que un fantasma, se ha convertido en un ser de carne y hueso, que a veces se entera de los borradores literarios leyéndolos por sobre el hombro del autor. La anhelada repercusión se ha producido; el tan buscado eco al fin resuena. Pero no había sido totalmente previsto que repercusión y eco trajeran aparejada una exigencia, una vigilancia, una presión. Frente a cada hecho importante que ocurre en el país o en el extranjero, por lo menos un sector del público quiere saber cuál es la actitud del escritor. Lo interroga, lo urge, lo presiona; la abundancia de reportajes es solo un síntoma de esa atención.

Una conducta vigilada

Por supuesto, la nueva exigencia nace simultáneamente con otro fenómeno: el deterioro del político profesional. En América Latina, este se halla demasiado burocratizado, anquilosado (y en algunos casos, corrompido) como para que el hombre común pueda confiar en un planteo creador, milagrosamente formulado a partir de aquella rutina. La verdad es que los viejos caudillos de obsesión nacionalista se han ido apagando y que algunos líderes principistas se han vuelto amnésicos. En varios países de América Latina, una terca e inmortal gerontocracia sigue atornillada a sus pedestales, aparentemente sensible a los clamores pero en realidad desentendida de un auditorio que en el mejor de los casos, bosteza, y, en el peor, se muere de hambre. El político profesional todavía conserva el poder, pero no siempre retiene el papel de orientador.

Sería absurdo, y peligrosamente ingenuo, pretender que el escritor ha sustituido al político en esa función, pero lo cierto es que hay un sector del público que estaba descolocado y confuso y no sabía a quién acudir para que se le explicara qué estaba pasando en su país, y, por extensión, qué estaba pasando en el ancho mundo.

Casualmente, el escritor estaba a mano; ese escritor que, en el momento, estaba tratando de explicarse a sí mismo parecidos problemas. Si la gente acude a él, es porque los otros que podrían iluminarlo, o están anquilosados (como en el caso de los políticos) o hablan y escriben (como en el caso de los técnicos propiamente dichos, ecónomos, sociólogos, antropólogos, psicólogos) un lenguaje demasiado especializado, demasiado esotérico. Los escritores, en cambio, y especialmente los narradores y los dramaturgos, hacen hablar a sus personajes, y estos, aunque expresen un pensamiento especializado, por lo general lo dicen en palabras corrientes. No obstante, después de haber sufrido en carne propia la amnesia de los políticos principistas, el lector latinoamericano se ha vuelto desconfiado.

Así que, cuando lee, no le alcanza con asentir, no le alcanza con conmoverse o indignarse; también se siente obligado a vigilar la conducta del escritor, para asegurarse de que este habrá de seguir mereciendo su confianza.

Del estupor a la definición

Es imposible que el escritor latinoamericano no estuviera preparado para soportar esa exigencia. En realidad, la historia anduvo demasiado rápido, y en un abrir y cerrar de ojos incluyó revoluciones, acabó con imperios, provocó catástrofes. Como no estaba preparado, el escritor cayó fácilmente en el estupor, y el estupor lo llevó a definirse. Unos se definieron por horror a la militancia; otros, por horror a la evasión; muy pocos, por atracción, por amor, por afinidad. No descarto que escritores y lectores europeos, acostumbrados a considerar obra y conducta en compartimientos estancos, sonrían ante semejante provincianismo. Sería necio que nos agraviáramos con esa sonrisa, que, después de todo, es la sonrisa del desarrollo. Pero en nuestros países (desnivelados, caóticos, y, por supuesto subdesarrollados) el producto literario crece inevitablemente entrelazado con lo social, con lo político. Por eso, cuando en América Latina el público vigila la conducta de un intelectual este no siempre tiene el derecho de interpretar que está siendo agredido con una curiosidad malsana; más bien se trata de un expediente (quizá un poco primitivo) que el público inconscientemente elige para demostrar que su pensamiento y su palabra tienen eco, o sea que importan socialmente. Ese interés, esa vigilancia, esa atención del lector, han tenido a su vez repercusión en la obra creadora.

Hoy sería fácil confeccionar una importante nómina de buenos escritores latinoamericanos que empezaron escribiendo narraciones fantásticas o juegos intelectuales (piénsese en Carlos Fuentes, en Alejo Carpentier, en Julio Cortázar) y hoy están, en cuanto escritores, y sin hacer panfletos ni abdicar su condición de literatos, metidos hasta la garganta en el drama que los rodea o en el conflicto del que participan como individuos.

Es en ese nuevo panorama donde la conducta aparece ligada con la obra, sobre todo ante los ojos de un público que mira ambas simultáneamente. Quizá haya llegado, para el escritor latinoamericano, el momento de entender que la forma más segura de que las ideas que pone en circulación no queden desamparadas frente al malentendido, sea poner al mismo tiempo en circulación sus actitudes.


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