Fuente: David Torres
07/15/2020

Hay muchas imágenes del actual presidente de Estados Unidos que inevitablemente se han vuelto históricas. Por ejemplo, cuando desciende de la dorada escalera de su edificio en Nueva York para anunciar su antiinmigrante campaña presidencial en junio de 2015, la que con toda seguridad aparecerá como escena ineludible de algún filme de bajo o alto presupuesto cuando todo esto haya concluido. O esa otra en la que durante un debate se posa de manera escalofriante detrás de su entonces contrincante, Hillary Clinton, como un sagaz depredador escudriñando a su presa.

Pero la foto que se lleva las palmas hasta el momento, la que describe de cuerpo entero tanto a Donald Trump como a su presidencia, es la que le toman, acompañado por un séquito de funcionarios, autografiando un tramo del muro fronterizo durante su visita a Arizona hace un par de días.

En esa imagen confluyen los diversos aspectos que han definido a un Donald Trump narcisista, egocéntrico, aniñado y pendenciero que por encima de la respetabilidad debida a la investidura presidencial hace, literalmente, lo que le da la gana. Es decir, actúa sin tomar en cuenta los simbolismos políticos que se viven hoy, ni el significado de las palabras de antiguos colaboradores que advierten, uno tras otro, la impericia presidencial que se respira en la Casa Blanca. Vamos, en otras palabras fue como ir a firmar la tarjetita de regalo que él mismo se dio. Claro, con el dinero de los contribuyentes.

Después de numerosos fracasos —entre otros el fallo de la Suprema Corte en favor de los Dreamers y de su desangelado y casi vacío mitin en Tulsa, Oklahoma—, con su presencia en Phoenix quiso reafirmar su retórica xenófoba y antiinmigrante, atreviéndose a decir, otra vez, que el muro ha detenido al Covid-19, cuando es en territorio estadounidense donde más casos hay de personas infectadas y fallecidas en el mundo. Eso y la restricción de visas decretada por él días antes, incluyendo las necesarísimas H1-B, H-2B, L-1 y J-1 no han sido otra cosa que una infantil reacción a lo decidido por los magistrados de oponerse a que el programa de Acción Diferida para Quienes Llegaron en la Infancia (DACA) fuese eliminado. Dada su inmadurez política, era de esperarse una reacción así de su parte, por supuesto. Y las que le faltan.

Los poco más de cuatro meses venideros antes de las elecciones de noviembre serán el escenario de muestras más grotescas de retórica xenófoba y antiinmigrante, como parte esencial de la campaña del presidente, en busca de quedarse otros cuatro años en la Casa Blanca, a sabiendas de que esa estrategia es bastante predecible, que ya no engaña a nadie y que solo tiende al fracaso, como ocurrió en las elecciones intermedias de 2018.

Es precisamente en ese contexto —con base en el que Trump quisiera regresar a este país a los años 50 del siglo pasado— en el que dos horizontes sociopolíticos se están configurando: por una parte, la anacronía de un falso líder que no encaja más en la Oficina Oval; y, por otra, el surgimiento de un votante de todo signo político, incluso del partido que el presidente tiene secuestrado, que ya tomó conciencia del nivel tan bajo que ha caído su país ante los ojos del mundo.

Así, es fácil identificar por qué la parte más inmadura de la sociedad estadounidense, la que nunca se adaptó a la nueva realidad demográfica de su país, es la que aún lo sigue: al autografiar esa parte del muro en Arizona, como quien absurdamente da un like a su propio post en Facebook, se convirtió en una especie de integrante de una pandilla que tiene la necesidad de marcar su territorio. Como para decir, por ejemplo, "Aquí estuvo El Donald".


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