Fuente: Carlos Benucci, líder juvenil de coaliciones venezolanas
06/22/2022

En nuestro último artículo hicimos una selección de eventos importantes que mostraron por qué y bajo qué condiciones la oposición venezolana oxigenó al chavismo. Trazamos un línea de tiempo que empezó en 1999 y llegó hasta el año 2013, por lo que ahora quiero hacer el mismo ejercicio desde el 2014 hasta hoy. 

El 5 de marzo del 2014, el chavismo anunciaría la muerte del Presidente Electo Hugo Chávez y convocaría una elección presidencial un mes después en donde Nicolás Maduro resultaría victorioso, por un margen de 200,000 votos. 

Esta elección, como todas las anteriores, fue llevada a cabo con muchas irregularidades denunciadas por el líder opositor y también candidato a la Presidencia, Henrique Capriles, a quien prometió elevarlas al TSJ, con la esperanza de que se aprobara la impugnación de la elección. 

La calle estaba caliente, los ánimos caldeados. La indignación popular cobraba cada segundo más fuerza. Todas las esperanzas de la mitad de esta nación se posaban sobre los hombros de los líderes políticos opositores de esta generación.

Se convocó a una movilización social en respaldo al reclamo de fraude electoral y muchos estaban preparados para protestar a cielo abierto y voz rotunda.

El poder de convocatoria de Capriles no estaba en discusión. Si llamaba a un cacerolazo, la bulla del choque de metales ensordecía; si exhortaba a una marcha, una multitud se lanzaba a las calles, pero era tanto el arrojo popular y el deseo buena parte de la población de "salir de este régimen", que cuando él pidió a las familias preparadas para la lucha que se quedaran en casa, brotó un enojo sin precedentes, mezclado con incertidumbre.

"Prefiero evitar un enfrentamiento contra los colectivos y fuerzas de choque del chavismo", dijo y la gente se replegó, pero con disgusto.

Este proceso de impugnación fue dilatado y Maduro ejerció como presidente a sus anchas. 

¿Tendría la victoria de esta elección Henrique Capriles?, es la gran pregunta que se formulan y siguen haciéndose muchos.

Lo que sí podemos asegurar es que hubo irregularidades registradas que podrían fácilmente anular una elección por fraude y ventajismo. 

La campaña electoral de Capriles no dejó dormir a muchos políticos chavistas con tranquilidad para aquellos días. Fue muy buena, movió emociones y sembró una esperanza perdida por muchos años en que el pueblo sí podía cambiar su destino. Fue tan buena que le daría a la oposición una victoria contundente con 112 diputados en el parlamento, conquistando las 3/4 partes de la Asamblea. 

Las elecciones del 2018

Se hicieron las elecciones presidenciales de 2018, con secretismo y poca transparencia, al punto de que fueron desconocidas por la comunidad internacional. En medio de una crisis de legitimidad, a Maduro lo sorprende la ejecución del artículo de la Constitución Nacional de Venezuela que consagra que el presidente de la Asamblea Nacional es el presidente interino, encargado de conducir el destino inmediato de la república.

Surgió Juan Guaidó... la figura del consenso de los partidos, asistida por la ley y que goza de reconocimiento internacional.

Lo que el pueblo le recrimina, no solo a Guaidó sino a los partidos que participaban en el gobierno interino, fueron las agallas que tuvieron al momento de repartirse cuotas y recursos del gobierno encargado. No escatimaron esfuerzos para ser sus mismos detractores y poner trabas en las rutas que se encontraban en la mesa. El gobierno encargado pasó de gozar de una credibilidad sublime a una convocatoria ridícula y sin contenido.

Venezuela ha sido un país con múltiples oportunidades de salida del régimen y estas han sido desaprovechadas por falta de liderazgo y complicidad con el chavismo. 

Hoy, el chavismo tiene una estructura de oposición paralela que sirve como un interlocutor cómodo para lavar su cara más corrupta y asesina internacionalmente. Esta misma estructura maneja espacios de poder y va desplazando a la oposición democrática. 


Maduro debilitado

Mientras tanto, Maduro tenía en sus manos a un país dividido a la mitad; con una crisis humanitaria en ascenso; un dólar paralelo que aumentaba diariamente y una escasez de productos básicos que no se detenía. Además, su legitimidad seguía en discusión y los quiebres dentro del chavismo saltaban a la vista.

Esta victoria electoral dio inicio a la radicalización del chavismo. Las verdaderas victorias no son electorales, son políticas. Y varios años después de lograr ninguna otra victoria contundente en el parlamento, dentro de sus paredes ya no se deliberaba, ni se hacían leyes a favor del pueblo. El edificio legislativo nacional quedó para visitas guiadas y ruedas de prensa.

El 2017 fue el año en donde las calles se colmaron 
de libertad al movilizar durante 5 meses a un país entero. 

Caracas fue una de las ciudades de mayor conflicto, la protagonista de las marchas más numerosas y la represión más cruda. Este año se logró que la comunidad internacional le pusiera el apellido a Nicolás Maduro de Dictador.

La movilización popular estaba asfixiando al chavismo. Algunos actores de oposición, sin consultarlo con las demás partes y dándole la espalda a quienes habían estado al frente de cada manifestación, decidieron apuntarse a las elecciones de gobernadores, calificadas como írritas desde un principio. Volvió a ganar la desarticulación, se apaciguó la calle y un desventurado diálogo propuesto por el tambaleante gobierno de Maduro fue atendido por líderes opositores que entregaron la calle... el único mecanismo de presión a este gobierno caótico y autócrata.


¿Qué le espera a Venezuela? 

Pues esperemos que una nueva generación de líderes políticos pueda salvar a la república de las garras del comunismo.


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